lunes, 6 de enero de 2014

La doncella Dama Sangre y el árbol de Uno Hunahpú. Simbología sobre el ciclo de la vida

Bien dice Allen Christenson que “el Popol Vuh es el texto más importante de las tierras altas mayas por su contenido histórico y mitológico, pero no sólo eso.” (Christenson 2012: 56). Su valor poético, sus enseñanzas, el aura de misticismo que rodea al mismo manuscrito son sólo una muestra de la gran importancia que tiene el Popol Vuh, ya no sólo para el análisis de la cultura maya quiché, sino para el mundo y su cultura en general. En el presente trabajo se analizará el capítulo de “La doncella Dama Sangre y el árbol de Uno Hunahpú” para identificar ciertos aspectos sobre el ciclo de la vida interpretado en la cultura quiché, permitiéndose algunas menciones a otros aspectos de dicho ciclo en otros pasajes del libro. 
En el capítulo mencionado, se cuenta cómo la Dama Sangre, hija de Reúne Sangre (un dios de Xibalbá) se acerca al árbol donde fue colocada la cabeza de Uno Hunahpú, y es fecundada por la calavera del anterior, al escupirle en la mano derecha. De ésta unión nacerán después los Gemelos, Hunahpú y Xbalanqué, quienes luego vencerán a los señores de la muerte y se convertirán en el sol y la luna.
            Desde el nombre de Dama Sangre, nos encontramos con una alusión directa a la vida. La sangre es para los quichés la sustancia más preciosa. En ella se lleva la vida misma de los antepasados quienes están ahí a pesar de la muerte. La hija de un dios de muerte como madre de dos seres, muestra dicha polaridad.
Aún más se refuerza esta idea al estar localizada en Xibalbá, el inframundo donde reinaban dioses causantes de males, y al ser a su vez, el árbol de Uno Hunahpú. Éste al morir fue decapitado, y donde se coloca su cabeza florece un árbol al que los mismos dioses de Xibalbá asombraba: “-Que nadie corte la fruta, ni que se meta nadie debajo del árbol.-“ (Christenson 2012: 175). 
El valor de la sangre era tal, que los curanderos quichés creían que todas las enfermedades se curaban al drenar la sangre. Por otra parte, la prohibición tan tajante con 
respecto a adentrarse en el árbol es rota por la Dama Sangre, lo que es una alusión al destino. Cuando la calavera pregunta a Dama Sangre si de verdad desea eso, ella responde que sí, mostrándose pues, la voluntad. 
A su vez, la calavera es una doble referencia al ciclo de la vida: la cabeza y el hueso. El  valor de la cabeza va desde ser el centro del pensamiento hasta ser el símbolo de “cabeza de familia”, dirigente. El valor del hueso muestra la muerte, compartiendo cierta analogía con el mito de Quetzalcóatl.
El hueso es atavismo del antepasado, ahí se guarda la esencia de los predecesores, que trasciende a la misma muerte. La calavera escupe en la mano derecha de Dama Sangre. Aquí hay dos cuestiones importantes que se tomar en cuenta: la mano derecha y la saliva. Los quichés relacionan el lado derecho con lo masculino y el izquierdo con lo femenino. El nacimiento de los Gemelos es prueba de ello.
La saliva por otro lado, es esencia vital por sí misma que, unida a la sangre y los huesos, son sólo una muestra del pensamiento quiché sobre la vida y la muerte. Existen otros elementos como el agua que representa fecundidad, pero existe uno muy importante que aunque no se mencionan en este pasaje, se debe recalcar: el maíz.
Los verdaderos hombres según nos cuenta el Popol Vuh, están hechos de maíz. Incluso el maíz forma parte de muchos de los rituales quiché tradicionales. Su importancia es capital en la cultura maya y aún en la actualidad, dicho valor se conserva.
Todo lo anterior muestra un poco del pensamiento de los quichés con respecto al ciclo de la vida. “La muerte es parte necesaria de la vida” (Christenson 2012:184). Así como en otras culturas, el renacimiento es un pilar enorme de su pensamiento. En el cristianismo, se ilustra la resurrección (si bien existe la distinción entre renacimiento y resurrección) con el trigo como elemento principal, que se podría homologar con el maíz de la cultura quiché; tanto el trigo como el maíz son analogía de la vida misma; se debe morir para dar fruto, como el árbol de Hunahpú, o la muerte de los Gemelos.
Los quichés creen a su vez que “sus descendientes son como sus reemplazos” (Christenson 2012:183). Los que nacen son aquellos que ya habían muerto, son sus mismos antepasados vueltos a la vida. De ahí la belleza de lo que cuenta Christenson, al relatar que un quiché se emocionará tanto cuando le leyó un pasaje del Popol Vuh pues hizo vivir a los antepasados al leer sus palabras.
Los elementos pues, son muchos, el valor del “renacer” como lo hace un árbol, las reliquias, los ritos, hacen que aquel que se acerque al Popol Vuh pueda maravillarse con la extensa y asombrosa cultura cosmogónica de los pueblos de las altas tierras mayas.
La muerte es parte de la vida, es una premisa compartida por diversas culturas, pero considero que pocas de ellas abordan de manera tan rica y poderosa, esa ambivalencia tan impresionante.
El Popol Vuh no es únicamente un texto para ser leído, es un texto para ser vivido. Y tal como los antiguos quichés nos legaron sus enseñanzas, sobre vida (inicio), muerte (fin) y renacimiento (vuelta a empezar) no encuentro mejor forma de concluir que aquella con la que el Popol Vuh comienza:
Este es el recuento del tiempo en que
todo está inmóvil, en silencio y plácido.
Todo está silencioso y calmado. Callada y
vacía está la matriz del cielo.
(Christenson 2012: 91)


Fuentes de consulta:
CHRISTENSON, Allen. Popol Vuh. (2012).Conaculta , Fondo de Cultura Económica, México.
LEÓN-PORTILLA, Miguel. Antigua y Nueva Palabra. Antología de literatura mesoamericana desde los tiempos precolombinos hasta el presente. (2004). Aguilar. México


Carlos Eduardo Rocha Gutiérrez 

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